jueves, 26 de marzo de 2009

Filiberto Vargas Tentory, de Carácuaro a Morelia.

A sus 88 años de edad prefiere sumergirse en el mundo de sus libros con perfume olor a pasado.
Filiberto Vargas Tentory, sabio, humanista y longevo hombre de Caràcuaro

SAMUEL PONCE MORALES/
ÁNGEL RAMÍREZ ORTUÑO
HUETAMO, MICH. En la orilla del Centro Histórico, al casi inicio de la Obrera, está posicionado un nada pequeño islote provinciano, ruralmente hablando. Se trata prácticamente de una horizontal estampa caracuarense. Ahí vive el profesor Filiberto Vargas Tentory, quien a sus 88 años de edad prefiere sumergirse en el mundo de los libros.
En medio de ese sitio, de la biblioteca, en cuyos lados hay decenas, centenas de libros con perfume con olor a pasado, por nada conviven, a centímetros de distancia, un moderno equipo de cómputo y una antigua máquina de escribir, de aquéllas, de las buenas, de las de los inicios de mil novecientos...
A la entrada de la casona, en donde, en el interior, en el corredor, en la sala, en la biblioteca, se pueden admirar cuadros con imágenes inconfundibles de rústicos paisajes característicos de la ya legendaria región de Tierra Caliente, hay una pequeña pero visible frase: “Bienvenidos, mi casa, tu casa”.
El hombre con la bondad que da el arribo a esos años, nos recibe en la biblioteca situada en la parte de arriba de la sala. De pequeña estatura mantiene una memoria como escasísimos de su edad, de hecho, la gran mayoría de sus pares, y nones, de su generación, gradualmente han emigrado al más allá.
Él, un aficionado de “corazón” del Monarcas Morelia, se considera un creyente pero no católico. “Yo creo en el Santo Cristo Negro de mi pueblo, y en mis padres y mis abuelos”.
“Viva Cristo Rey, cabrones”
Nació y vivió hasta los ocho años de edad en Carácuaro. De esa niñez, de los últimos momentos que estuvo en su tierra natal, recuerda que le impacto en demasía el asalto que hicieron los cristeros al pueblo y el infructuoso intento por matar a su padre, a don Fortino Vargas Santoyo.
“Me impactó mucho al verlos con gabanes y unos sombreros así, arriscados, y en ellos muchas imágenes, con Máuser y 30-30 en la mano, gritando ‘Viva Cristo Rey, hijos de la chingada, viva la Virgen María, cabrones’, y queriendo prender fuego a la casa de mi papá”.
Cuenta que don Fortino Vargas logró salvar su vida, porque supo que los cristeros iban también por él. En el pueblo, resalta, ellos quemaron la alcaldía, La Perla Negra, así se llamaba una tienda, y en medio de eso balearon y mataron “como a un venado” a un ejidatario que atravesaba el río en su huida hacia Nocupétaro.
“Y, por eso, nos venimos a Morelia, porque iban a matar a mi padre. Nos salimos caminando en la noche, con mi madre, los cuatro hermanos, entre ellos una pequeña de tres o cuatro meses. Hicimos la salida rumbo a Huetamo y oscura la noche caminamos; y a dónde dimos vuelta, no lo recuerdo, pero sí que llegamos a Morelia”.
Lo que quedó atrás
“Nosotros en Carácuaro teníamos un tiendita en la que vendíamos percal, manta y otras telas. Yo, nomás atravesando la calle, iba a la escuela que estaba donde vivió el cura Morelos. ¿Usted sabe que Morelos estuvo once años de cura en mi pueblo?
“Ahí, en Carácuaro, abrazado por un río, la diversión de niño es bañarse en el afluente, sobre todo cuando crece por la época de lluvias. Va uno a nadar, a montarle a los burros de agua, que se van así... Y yo iba, fui muchas veces.
“Cuando vivía en el pueblo no teníamos más ambiciones que llegar a cuarto año de primaria, lo que se llamaba como primaria elemental, así que no había ni quinto ni sexto. No, no realmente, no me veía como profesor ni como nada”.
El gran, el enorme ferrocarril
Si bien ya su papá lo había traído a la capital michoacana, a alguna cosa, “no sé a qué”, cuando su familia se asentó con el apoyo de un tío padre, en aquellos días lo que más le impactó de la ciudad fue mirar al gran, al enorme ferrocarril. “Ése era nuestro paseo, porque no teníamos dinero para ir a otro lado”.
“Les pedía a mi papá, a mi mamá, que arreglaran a los muchachos porque los iba a llevar a la estación; para nosotros era un lujo ir allá y esperar el arribo del ferrocarril, del tren, oírlo pitar y verlo venir, bufar, echar vapor y observar sus grandes ruedas de fierro, así era”.
Escuela nomás de sexto grado
En Morelia concluyó la primaria, hasta el sexto grado, y entró a secundaria, al Colegio de San Nicolás de Hidalgo. Sin embargo, en ese tiempo la familia se trasladó a la capital del país, pero ante la imposibilidad de instalar un molino de nixtamal, decide regresar a la entonces sí ciudad de la canteras rosas, decidiendo él entrar a la Normal.
De su época en la primaria rememora su estancia en la escuela de sexto año, ubicada en el Ayuntamiento moreliano, y en la cual no había grupos de primero, segundo, tercer, cuarto o quinto... “nomás había el de sexto y ya”.
“Ahí nos preparaban no sólo para entrar bien a la secundaria, sino que en muchos casos para enfrentar a la vida”.
En esa escuela, cuyo modelo no logró concretar en su paso por el área educativa, aparte de las usuales, impartían clases hasta de taquigrafía, mecanografía, electricidad y de carpintería, por lo que, sostiene, “algunos de mis compañeros vivieron toda su vida de lo que aprendieron ahí, como Jesús Hernández”.
El maestro rural en un poblado minero de Jalisco
En la biblioteca se pueden divisar, aunque de reojo, aparte de menos de una docena de fotos de familiares y amigos, media decena de esculturas, en su mayoría de color blanca, que pueden decir todo y a la vez nada. Juntos están desde un elefante, pasando por una virgen, hasta llegar a un Quijote, sin obviar una figura prehispánica.
De sus primeros años como maestro rural en un poblado minero jalisciense, El Amparo, recuerda que trabajaba tres turnos: de 9:00 a 12:00, de 15:00 a 18:00 y el último, en el cual daba alfabetización, en la noche.
“Ése era mi trabajo”, dice con un orgullo elevado al cuadrado. Eran los tiempos en que había mucho contacto entre los profesores, los estudiantes y los padres de familia.
Y, “sin mayores pretensiones” habla de cómo en los inicios de la década de los 40, los mineros del lugar le reconocieron su trabajo en la comunidad, dándole un buen sitio para vivir y una partida de diez pesos al mes, que se sumaba a su sueldo de 112 pesos, pero, justifica, “le pegábamos duro, desde tempranito hasta que se hacía noche”.
En El Amparo impulsó el deporte, en especial el basquetbol, y en el teatro cada mes hacía obras y eventos para que los muchachos y muchachas cantaran, bailaran, recitaran y hasta se echaran sus discursos patrióticos.
— ¿Y las novias?
—Bueno, ya habíamos dejado algunas cosas por acá. Ahí no nos queríamos meter mucho porque no conocíamos el terreno.
Misionero cultural
Después de su paso por El Amparo fue miembro y jefe de misiones culturales en varias comunidades michoacanas, sobre todo en los municipios de Coalcomán y Villa Victoria. Sostiene que de un municipio para otro se hacían, a caballo, diez horas de camino.
Entre lo más importante que hizo la misión en Villa Victoria, entre 1942 y 1943, fue crear las condiciones con todos y cada uno de los rancheros encaminadas a trazar y hacer el camino “para meter el primer camión al pueblo y... lo hicimos”.
El pecho en la SEE
En su cargo como responsable de la política educativa michoacana, del 92 al 94, reconoce que no logró grandes proyectos, porque lo más importante era detener y atender la avalancha de exigencias de seis grupos sindicales en pugna, entre los cuales figuraban los Delfino; los Solache, los de Gordillo y otros tantos.
Personalmente le puse el pecho a los problemas magisteriales, a los grupos sindicales que se querían significar por el grado de agresividad para exponer sus exigencias, afirma.
Sin embargo, acepta que “cuando se empezaron a salir de la Secretaría de Educación y llegaron a Palacio de Gobierno, e ir a la Casa de Gobierno, e ir a los bancos, e ir... ya se puso peor la cosa y yo me tuve que ir”.
Los que se le adelantaron
—Ya casi cumple 89 años…
—Yo tengo 88 años.
— ¿Ya considera que está en su última etapa?
—No, yo me considero muy apto y sigo trabajando, haciendo libros. Yo sigo trabajando”.
—¿Pero, a estas alturas, ha visto caer muchos colegas, muchos amigos?
—Sí, se me adelantaron nomás.
—Pero bastantes yo diría, ¿no?
—Muchos, casi todos. De mi generación de la Normal, creo que quedaremos unos dos, tres.
— ¿Y eso a qué se debe?
—Pues la preparación física y mental que cada uno recibimos. A mí me enseñaron mis padres a trabajar desde que tenía tres años. Me mandaban con un morral de naranjas en Carácuaro a venderlas a las casas, o con una cazuela de zóricua, con un huanchipo en la cabeza e ir y tocar y decir: “Tía fulana no quieres, no me compras esto”, es decir, siempre estuve ocupado. A mí no me enseñaron a descansar.
— ¿Y vicios? ¿Tuvo vicios?
—Fumé, pero un día a las siete de la mañana lo primero que hice fue prender un cigarro y yo mismo me dije: ‘como va a ser fumar a las siete de la mañana’, apagué el cigarro y dije ‘no vuelvo a fumar’, y de eso hace 30 años».
— ¿Y de tomar?
—De tomar, me tomo una copa o dos, nunca más. No soy...
— ¿Y mujeres en su juventud?
—Eso sí.
— ¿Muchas mujeres?
—Algo.
—Si le tocara morirse en estos tiempos, ¿se iría tranquilo?
—Muy tranquilo.
Educación, por la señal...
El ex secretario de Educación en Michoacán, Filiberto Vargas Tentory, dice que hoy en día la educación tiene que realizarse haciendo, “sin faltarle el respeto a las cuestiones religiosas”, la señal de la cruz: horizontal para que llegue a todo el estado y vertical para que sea de calidad.
Y en ese sentido, establece, se requiere hacer reformas “de todo a todo” y, añade, si bien los recursos económicos siempre van a ser insuficientes, los humanos no deberían fallar y lo están haciendo, sobre todo cuando dejamos a los niños sin escuela.
A lo anterior hay que agregarle si a los pequeños escolares que asisten tampoco les damos la educación que se requiere, pues estamos fallando. “Entonces es necesario hacer una revisión para saber qué parte de responsabilidad tiene cada una de las partes involucradas”.
Se trata también de encauzar una real coordinación y vinculación educativa, toda vez que cada uno de los niveles educativos por los que va uno a pasar son diferentes entre sí. Se requiere que haya un seguimiento entre los niveles para que no se pierda lo que se ha estado haciendo.
Aún así, para aminorar el problema educativo se necesita más que voluntad política de las partes que intervienen, ya que cada una de ellas antepone intereses ajenos, entre los cuales se señala el económico, “se maneja mucho dinero, pero mucho, mucho”.
El camino andado
Filiberto Vargas Tentory nació en Villa de Carácuaro el 16 de diciembre de 1920. Egresado de la Escuela Normal, dependiente de la UMSNH, fue maestro rural, inspector escolar, integrante y jefe de misiones culturales y visitador especial de la SEP en varios estados del país.
Además, en la SEP fue subdirector general de Educación Primaria, subdirector general de Alfabetización y Educación Extraescolar, director de Servicios Educativos en el Medio Rural y director nacional del Sistema de Telesecundarias.
En su participación en comisiones de carácter internacional, destacan la de delegado de México ante el Consejo Internacional Cultural de la OEA y ante la Conferencia Internacional de Educación, en Ginebra, Suiza, por parte de la UNESCO.
Autor de diversos libros, entre ellos el que realizó cuando era becario de UNESCO: CREFAL: Jarácuaro, relato de una experiencia de desarrollo de la comunidad.
Actualmente se dedica a la coedición de libros, entre los cuales resaltan “México y sus revoluciones sociales en la educación y Los datos geográficos de los 113 municipios de Michoacán”.

Nota de Despertardelsur.com

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Ubicación Geográfica de Tierra Caliente

Se ubica al noroeste del estado, colindando al norte con el estado de Michoacán y el estado de México, al noreste con el estado de Estado de México y la región Norte, Al noreste con el estado de Michoacán, al oeste con la región de la Costa Grande, al este con la región Norte y Centro y al sur con la región de la Costa Grande.

Es conocida como "la región regia" del Estado de Guerrero, debido a que la mayor parte de sus habitantes poseen rasgos de tipo europeo, abundantes en piel blanca y ojos claros. La mujeres "calentanas" son consideradas por muchos, como las más bellas del sur de México.

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